sábado, 27 de noviembre de 2010

Historia de amor bajo el puente


Inés vive bajo el puente Calle Calle y a dos mil cuatrocientos metros de allí, a los pies del puente Pedro de Valdivia, vive Gastón. En las noches en que la luna, redonda como un queso, se sumerge en el río, Gastón viste su pantalón menos raído, remienda su única camisa, hurga en los tachos de basura en busca de comida, corta flores de la plaza que está frente al municipio y camina por la Costanera brincando cada quince pasos, peinándose con la mano cada diez, hasta llegar al puente Calle Calle donde lo espera Inés, que adorna su frente con un cintillo de totoras. Se saludan con un abrazo, se sienten con las espaldas apoyadas en el pilar del puente, se miran a los ojos tan fijamente que parece que intentaran descubrir en sus miradas algún secreto oculto, e iluminados por la luna comen el banquete de sobras recolectado por Gastón. Terminada la cena, Inés despeina a Gastón con su mano izquierda, Gastón transforma en un collar el cintillo de totoras de Inés, lloran en susurros, ríen a gritos, huelen las flores cortadas por Gastón hasta quitarles el aroma, y a la medianoche en punto comienzan a amarse cubiertos solo con cartones, desnudos, obviando la escarcha, la lluvia, el aullido de los perros. Se aman como si Valdivia fuese una carta manuscrita y ellos una frase entre paréntesis a la que ningún lector presta atención. Se aman con la pasión de los amantes clandestinos, con la ternura de los pololos quinceañeros, con la premura del amor tardío. Se aman hasta que la luna menguante se sumerge en el río y le anuncia a Gastón que debe besar a Inés en la frente y emprender el regreso a la soledad de su puente.

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